sábado, 30 de octubre de 2010

ESTRÉS INFANTIL

Estrés infantil
por Joaquín Rocha /Psicólogo especialista en Educación para la Comunicación
joacorocha05@yahoo.com.ar
Como hemos venido afirmando −y varios médicos y psicólogos coinciden con esto−, en los últimos veinte años, se han venido originando situaciones sociales que inciden en el modo de vivir de las personas. Los avances tecnológicos, el individualismo, la competencia y la loca carrera por el “tener” han agregado, sobre hombres y mujeres, más aceleración a su ritmo cotidiano.
El estrés es la reacción de nuestro cuerpo, tanto físico como mental, frente a las exigencias de la sociedad actual. A cada minuto, aparece un nuevo desafío, lo cual hace que no podamos vivir sin estrés para responder con rapidez y eficacia.
Si esto ocurre de manera continua, se acumula una energía, que no siempre es utilizada. He aquí el problema: la no liberación de esa energía provoca agotamiento, cansancio, hasta enfermedades. Cada ser humano, por su historia y modo de vincularse con su entorno, tiene su particularísima forma de estresarse.
El estrés constituye una reacción producida por el organismo ante circunstancias dificultosas que causan sobreexcitación, puede surgir a cualquier edad, incluso en los niños.
Para prevenir el estrés infantil, en primer lugar, los adultos que los rodean, familia y docentes, deben saber “lidiar” con su propio estrés. Si no lo logran, los niños tienden a copiar ese modelo. En el desarrollo del estrés infantil, influyen tanto factores internos como externos. Los primeros se relacionan con la personalidad en construcción de cada niño y cómo enfrenta los momentos difíciles. El estrés es generado por el propio niño, según como se percibe a sí mismo y el mundo.
Los factores externos son producto de los cambios significativos en su entorno y/o por no poder ser responsable de actividades superiores a su capacidad.
Ciertos padres creen que, manteniendo ocupados a sus hijos, los preparan mejor para encarar el futuro. Sin embargo, pueden estar socavando su autoestima y creando una fuente de agotamiento. Aparecen, entonces, ansiedad, depresión, timidez, temor al castigo, irritabilidad…
Desde lo físico, pueden padecer dolor de cabeza, molestias en el aparato digestivo, problemas para dormir, enuresis esporádica, disminución del apetito y alteraciones en los hábitos alimentarios.
Los padres integran la columna fundamental en la prevención del estrés infantil. Deben elaborar, con ellos, en todo momento, actitudes positivas como la paciencia, la tolerancia, el placer y la alegría de estar en permanente comunicación. Aceptarlos por lo que son y no por lo que desearían que fueran. Ayudarlos a afrontar los desafíos cotidianos, practicar la escucha activa y, por sobre todo, educarlos en la libertad y la responsabilidad.

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